miércoles, 31 de diciembre de 2008

Amor y pensamiento crítico

¿Cuántas veces hemos oído/leído/dicho que cualquier individuo, por muy pelmazo que sea, revisa dentro del cofre cuando compra un carro? ¿Por qué no podremos hacer lo mismo a la hora de meternos en un desmadre amoroso? ¿Cómo es que no hay (o no conozco) un cofre que podamos abrir para ver si el chicotito que nos echamos encima nos va o no a salir defectuoso?

Bien dice el sabio Polo Polo:
Y ya ves que cuando uno se enamora hace taaaaaantas pendejadas...
pregúntamelo a mí...
ahí ando mandando aviones a recoger viejas...
pa'que luego me manden a la chingada...

Cuando hablamos del amor en las relaciones de pareja nos estamos metiendo en una zona en donde de nada valen los razonamientos, donde el más listo pierde (y la mas lista gana) y donde, sin importar la inteligencia, hacemos un chingo de pendejadas, pues mientras unos se tiran al drama, otros se casan, y otros cuando la ven cerca nomas tragan saliva.

Siguiendo el ejemplo de mi maestro involuntario de ilustrar con botones de muestra (y conste que sólo digo ilustrar), narro a uds. el caso mas tortuoso que he sufrido como ejemplo de que el ser humano no es un ente racional, de cómo es fácil chingar a otros cuando los vemos con problemas con el chicotito, pero que cuando nos toca a nosotros nomás valemos madre, aunque nuestro caso sea más simple que los de aquellos a quienes jodemos. Muestro a ustedes cómo alguien puede ser tan imbécil para permitir ser pisoteado por otro, hacer concesiones en las que normalmente alguien puede negarse sin mayor problema y aún así recibir recriminaciones y, en general, dejar todo un rastro de pendejadas aún siendo consciente de ello.

¿Qué puede resultar cuando se combinan una persona egoísta, voluntariosa, chantajista, vanidosa e incapaz de amar, si no incondicionalmente, por lo menos de una forma normal con una débil, manipulable, temerosa y con ínfulas de sabihonda? Sigan leyendo:

A esta mujer (ayer cumplió 33 años) la conocí en mis épocas de maestro de catecismo en 1994, cuando yo era un chamaco imberbe que apenas empezaba y ella ya era una veterana en los equipos litúrgicos en una temporada en la que coincidíamos en los mismos eventos. Su entonces novio entró también a dar catecismo y eso hizo que nos conociéramos, convirtiéndome en amigo de la pareja; seguido nos encontrábamos (tanto ella como una novia mía vivían en el mismo rumbo) y cotorreábamos ampliamente.

Es en 1996 cuando realmente empieza este desmadrito:

Por aquellos momentos ellos tenían serios problemas en su relación. Yo ya había notado en ella muchas actitudes que vería repetirse una y otra vez durante los siguientes años: Celos, manipulaciones, rebatingas... incluso supe que la mamá de ella alguna vez le dijo a él que mejor la dejara porque nomás lo iba a hacer sufrir (frase que años después la doña me repetiría a mí). Total que terminan y, por alguna razón yo soy elegido por ella para desempeñar el cargo de kleenex/confidente. Cuando supe me alegré por partida doble: Por una parte ella ya me gustaba (aunque me llevaba 2 años y como 15 kg.); por otra, cuando supe los pormenores, aunque mi actitud mostraba preferencia por ella, para mis adentros estaba de acuerdo con él por botarla. Mi cabeza se empieza a llenar de las clásicas chaquetas mentales que nos dibujaban eternamente felices en un mundo idílico, tal vez por eso no me fijaba en pequeñeces como que inmediatamente después se buscó otro novio (que después resultó gay), o que cada vez que nos veíamos de lo único que hablábamos era de ella.

En febrero de 1997, y mientras seguía con su novio, empezamos una relación de amiguitos (me encabrona el término amigos con derechos pero eso éramos). Yo estaba feliz, aunque insatisfecho, de ser el sancho mientras ella tenía lo que quería: un pobre pendejo rendido a sus pies sin ninguna clase de compromiso, dispuesto a correr a su lado cuando ella lo quisiera y que entendía que ella no siempre estaba disponible porque sus "responsabilidades" la tenían muy ocupada. Durante algunos meses mi interacción con ella se resumió a una obra de varios actos:

1. Llamarla el jueves para saber si estaría disponible el fin de semana. Si la respuesta era no se acababa la obra. Cuando respondía que ...

2. Llegar el sábado y el domingo en la tarde a su casa, donde transcurría la tarde entre quejas de su trabajo, de su novio, etc.; si bien me iba comía ahí (si no me la aventaba sin comer hasta después de las 10:00pm.), un rato de besos hasta que llegara su madre, que ni enterada estaba; un rato haciéndole al bien portado.

3. llamar el siguiente jueves.

A veces la rutina se interrumpía yendo al cine, ahí se iba lo poco que ganaba de mi trabajo.

Naturalmente yo no aceptaba esa rutina. Quería más, pero sabía que no lo recibiría, y era más el miedo de perder eso poco que mis güevos para enfrentar la situación.

En mayo me llevo un susto mayúsculo (y no les doy nada): Acabando de llegar de un viaje de trabajo recibo una llamada de su madre diciendo que esta pendeja había intentado suicidarse. Corro hecho la chingada a su casa y me entero de que se metió sepasuputamadre cuantas pastillas para dormir, lo que la llevó a una hospitalización y demás. En un rato a solas me cuenta que nunca olvidó al que la botó y que no podía más, que lo amaba pero quería verlo destruido (sic.), y un drama tamaño culebrón.


Aquí uds. sueltan un estruendoso:

¡Ay no maaaaameeeesss!


Y eso es lo que pensé: "Si alguien se quiere matar se mata y ya", no se anda con pendejadas de pastillitas, sobre todo si su madre posee una calibre 38. Ella misma confirmó esa idea: "Sí me quería morir, pero no quería una muerte violenta", incluso su ex-novio y mi viejo amigo le dijo lo que yo también pensaba: "Tú no te querías morir, nomás querías llamar la atención"... ¿y a poco no?

¿Y a poco no era para mejor voltear a otro lado y pasar a otra cosa? Pues sí

¿Y a poco lo hice? Pues no

Ahí va el pendejo del Bizcocho a ofrecerle su mano y su amistad, con todo y que ya se la peló con los besitos.

Conforme se fue recuperando yo albergaba ilusiones de que podríamos ahora sí estar juntos. Incluso hubo un indicio de esto una tarde solos en su casa (ni se emocionen, aún pasarían años para que yo perdiera la virginidad), mas la invitación a su fiesta de graduación como bibliotecóloga. Las ilusiones se vinieron abajo una semana antes de la gran fiesta, cuando me dijo que ya tenía novio... ¡plop!. Esa noche de graduación fue mucho tiempo una de las peores de mi vida: yo solo en un patio sentado en una silla de jardin mientras ella bailaba y se divertía adentro. Incluso hay una foto donde aparezco sonriendo muy a huevo.

Aquí podría terminar el relato. Con lo narrado hasta aquí uds. ya se dieron cuenta de cuan ojete era ella y cuan pendejo era yo... pero ahí no acaba. Es mas, apenas empieza.

Para este momento mi familia, mis amigos en la parroquia y hasta mis compas del CCH ya sabían la alimaña que tenía por amiguita. Yo también lo sabía, pero nunca lo acepté. A partir de ese momento y durante los siguientes 4 años ella no estuvo ni un mes sin compañía: Pasaba de un novio a otro y yo rellenaba los huecos (y eso no es tan excitante como suena). Huelga decir que en todo ese tiempo no hubo en mi vida nadie más, era ella y sólo ella.

A finales de 1999, y durante una visita de Onésimo Cepeda (hijo de su puta madre) a la parroquia tuvimos la última temporada de amiguitos, que se prolongó hasta marzo de 2000, cuando finalmente nos hicimos novios. Mi sueño se había realizado, ahora tenía la exclusiva, estaba con la mujer que amaba y no tenía ya que esconderlo... y es aquí donde empieza la parte mas gacha.

Resulta que ella era la típica novianenamujerexitosa. Platicar las linduras que viví me llevaría una entrada más larga de lo que de por sí va a quedar ésta. Mejor en su lugar les pongo algunas anécdotas nomás pa'que vean... y se rían de mí un rato.
  • Un eterno problema entre ambos fue la vida social. Ella es de las clásicas que se la viven en las comidas, los eventos mamones disfrazados de religiosos (bodas, bautizos, etc.), salidas a bailar y demás, con amigos sonobs y de la misma calaña; mientras que yo soy un misántropo irredento que prefiere estar echado viendo películas.
  • En una fiesta a la que nos invitó un amigo común me encontré con una antigua amiga, con la que bailé algunas rolas durante el huateque. No tengo que decir el pedo que se me armó por eso.
  • ¿Recuerdan aquello de que: tonto+tonta=embarazo, listo+tonta=aventura, tonto+lista=matrimonio, listo+lista= sexo y diversión sin complicación? Se me ocurrió mandárselo por correo. Me contestó con un reproche del tipo: ¿Así nos ves? ¿para tí en cual nos ubicamos? ¿eso opinas de las relaciones?
  • Compró 2 playeras iguales con un bordado de Piolín... ¡Y quería que saliéramos a la calle con ellas! Fue una de las pocas estupideces a las que pude negarme.
El Piolín bizcorneto es sólo ilustrativo
  • A lo que no me pude negar fue cuando una vez me hizo ¡Que le pintara el pelo! Imagínenme con guantes de bolsa de plástico y una botellita de tinte embarrándola mientras ella está enfundada en un camisón todo viejo y percudido.
  • En una discusión en la que hablábamos de los problemas de nuestra relación (traducción: se estaba quejando de mí) terminamos tablas. Nos reconciliamos y, acto seguido me dice: Y sí estás descuidando la relación.
  • Una vez, cuando estuvo enferma, me pasé 3 días tratando de animarla. Traté de hacer que saliera, de que aceptara rentar una película o algo, sin éxito. Acordé que llegaría a cierta hora y no la encontré; media hora después llega con 2 de sus amigos y me dice que me llamaron en la mañana y me invitaron a desayunar y me fui. Es decir, una llamada de sus cuates hizo lo que yo no pude en 3 días.
  • Una vez me llama para decirme que está enferma y que pasara por ella a su trabajo. Yo tenía mucha tarea y le dije que no podía, a lo que respondió con un: descuida, estoy en mi casa. Ya ví que puedo contar contigo. Lo que hasta la fecha no sabe es que media hora antes llamé a su trabajo y me dijeron que no había ido, de manera que cuando me llamó para hacer su pancho yo ya sabía que estaba en su casa.
Y ya le dejo o me da el año nuevo escribiendo.

Esa difícil relación duró 10 meses, al final resultaba un martirio pasar tiempo juntos y terminamos por agotamiento, sin mencionar que yo sospechaba que me engañaba. El pretexto fue una crisis depresiva que me azotó en aquella época, en la que dije que me sentía muy mal y no me alegraba nada. Su revire fue: pues si nada te alegra es obvio que yo tampoco y no tiene caso seguir así. Imagínense el golpe para mí, estuve con ella en sus peores crisis y ella me dejaba en una crisis mía, ese fue mi regalo del Día de Reyes de 2001. Ella siempre lo negó, pero si a otros los engaño conmigo ¿por qué a mí no me iba a hacer lo mismo?

Pero la pesadilla continúa. Unos días después de la separación la llamé y le pedí vernos. Nos encontramos y, adivinaron, le rogué que volviera conmigo. Obviamente se negó (y seguro se rió de mí) y me aventó toooooodos los clichés del caso: Necesito tiempo para mí, estoy muy dolida, no quiero salir con nadie, etc.; la versión oficial es que empezó a salir con otro a sólo unos días de terminar nuestra relación, seguro que desde antes se veían pero eso ya no importa.

Depresivo como soy me hundí cada vez más. Supe que iba a casarse y que sus planes se frustraron... y ahí voy de nuevo. Pero esta vez caí mas bajo: en vez de escribirle o decirle cara a cara lo que quería ¡Le grabé un cassette de una hora rogándole que volviera! Nos volvimos a ver y esa entrevista fue copia al carbón de la anterior, salvo que para entonces (era enero de 2002, había pasado un año exacto desde que terminamos) ya traía el pelo pintado de rubio, usaba frenos y traia armadura faja reductiva y a mí se me notaban los bíceps y los pectorales por un año dedicado al gimnasio. Después de eso salimos un par de veces, pero nunca pasó nada.

En 2003, cuando empecé a estudiar Historia nos volvimos a ver. Para quienes no conocen Ciudad Universitaria: la Facultad de Filosofía y la Biblioteca Central (donde ella trabaja hasta la fecha) son vecinas, así que el encuentro era inevitable. Antes de ello y gracias en buena parte al ejercicio había podido reponerme y parar esa racha de hundimiento, o al menos eso pensaba, al volver a verla me di cuenta de que sólo había presionado el botón de pausa, y mis sentimientos hacia ella estaban intactos. Una sola cita bastó para que, en un rato de soledad en mi casa, ella me besara. Volví a emocionarme como si esos años y esos dolores nunca hubieran pasado, aunque me desinflé rápido. Al poco tiempo lo único que me dijo fue: ¿y si regresamos ahora sí vas a querer a mis amigos? y, después del consabido tenemos que hablar, se repitieron las frases cliché. Putísima madre. Pero el problema no es que ella siguiera siendo la egoista voluntariosa que siempre fue, sino que yo fuera tan pendejo como para pensar que sería diferente. Después de eso el trato fue cada vez menor, al grado de que actualmente ya ni siquiera nos brindamos el saludo.

Epílogo: Actualmente no sé nada de ella, sólo la he visto de reojo en la universidad y se ve gorda y vieja. Por mi parte también estoy gordo y viejo, pero feliz porque hay alguien que me quiere y que, por 4 años me ha soportado.

Amiguitos: Muchos blogueros, escritores y demás han tratado de despertar cnciencias para no dejarse engañar por charlatanes mágicos, engaños religiosos, acciones políticas rebasadas, etc. pero también en cuestiones del amor también hay que andarse con mucho cuidado.

Y para rematar, citando a Les Luthiers: No soy un completo inútil, por lo menos sirvo de mal ejemplo.

Queda de ustedes:

TORK. Bizcocho de Montecristo. Año 2008 E.C. - 9 E.E.

Tarde

Siempre llego tarde. Y no me refiero a cuestiones de puntualidad ─que eso da para su propia entrada─, sino a que siempre empiezo las cosas ...